Sé de cosas que cuento

Me enfado contigo y conmigo.

Tema pistonudo para ser viernes, ¿verdad? Pero esta inquietud viene de atrás…Yo no sé si será el cambio climático, los 25 grados que había hace unos días en Oviedo, la vuelta a la rutina, los turrones ya en los supermercados o qué, pero la gente está alteradísima. Y yo también, para que negarlo.

Como ya sabéis tengo la costumbre de doblar las páginas de los libros, subrayar frases y todas esas cosas. Hace unos días mi hermana me pidió los libros de la Saga Valeria de Elisabet Benavent (si no los habéis leído, adelante), se fue de viaje y a miles de kilómetros de Oviedo, cuando ella estaba tumbada al sol en la playa y yo en un autobús organizando mentalmente el mes me mandó por whatsApp la foto de una frase subrayada:
“Las mujeres somos muy de esconder los detalles que nos hieren o que nos hacen sentir humilladas por no hacer leña del árbol caído. Y actuamos así porque no queremos aceptar que lo estamos permitiendo.”
En fin.

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Yo no sé si fue casualidad o una broma de la vida que en la siguiente parada se subieron dos chicas (no sé calculo que tendrían dieciséis, diecisiete…la reina de las edades es L.) se sentaron frente a mí y empezaron a hablar. Y conecté. Porque mi móvil estaba bajo mínimos, mi hermana me había dado qué pensar y yo ya no estaba para organizar nada.
-Cuando me escriba se va a cagar. Qué se prepare.
Ay por Dios…
-Lo tengo todo pensado ¿eh? Todo lo que le voy a decir. Es que no me voy a callar nada.
Madre mía…
-¿Decirme a mí eso? ¿cómo se atreve? En aquel momento no reaccioné pero vaya…En cuanto me escriba se lo pienso decir. ¿Y te acuerdas de aquello que pasó en agosto? Pues también.
La verdad que me picó la curiosidad por saber qué le iba a decir, qué había pasado en agosto y qué le había dicho el susodicho…porque de un profesor estoy segura de que no hablaba. Pero obviamente no pregunté. Me bajé del autobús pero aquella conversación entre esas amigas se me quedó en la cabeza rucurucu. Me planteé cuántas veces L. R. y yo hemos tenido una charla parecida y cuántas nos quedarán. Y en el café que tomamos aquella semana se lo comenté. Divagamos un poco y llegamos a la conclusión de que…con un cuarto de siglo a las espaldas nos sigue pasando. Seguimos callándonos las cosas. Parece mentira ¿eh?

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¿Cuántas veces hemos dicho “cuándo me escriba que se prepare”? ¿qué se prepare para qué exactamente? ¿Por qué nos ofendemos y esperamos a que él dé el paso? ¿Por qué tragamos, tragamos y tragamos hasta que se nos hace una bola en la garganta que no nos deja ni respirar? Los días se tuercen, las semanas, hasta los meses por una conversación pendiente. Porque algunas somos incapaces de abrir el whatsApp, escribir una parrafada y quedarnos tranquilas. No. Nosotras preferimos esperar…ir maquinando poco a poco qué decir, elegir el tono de voz adecuado (sí, por whatsApp también usamos tonos), hacer listas de cosas pendientes en la aplicación de notas (yo es que soy organizada hasta para discutir). Que sí. Que, por lo general, somos unas complicadas. Que el tópico de “qué te pasa” “Nada” es real. Pero nos pasa. Claro que nos pasa. Lo que debemos plantearnos es ¿por qué lo hacemos? ¿Pensamos que son adivinos? ¿Que ellos les dan a las cosas la misma importancia que nosotras? Algunos, pero no todos.

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Y volviendo a la frase del libro…a veces hasta callamos con las amigas. No desahogamos. No nos cabe en la cabeza que alguien pueda empatizar con nosotras. Nos da pudor contarlo y pánico recibir un “pasa del tema”. Tenemos miedo a escuchar en voz alta lo que nosotras pensamos. Recibir una bofetada de realidad. Y callamos. Entonces nos aferramos a cualquier cosa para “pasar” de forma autómata. Ocupamos la cabeza con miles de cosas: leemos, nos apuntamos al gimnasio, nos volvemos adictas al trabajo, negamos lo evidente. Y luego volvemos a tragar. Y cada día tragamos algo nuevo porque algunas somos de enfado fácil, qué le vamos a hacer. Hasta que un día explotamos. Y la montaña formada por mínimos granitos se derrumba. Y nosotras con ella. Y recordamos aquello que fulanito nos dijo en mayo, lo que menganita nos dijo en junio, la discusión de julio, el agobio en agosto, la frase de septiembre y así sucesivamente.

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Queridas mías, abrid la boca. No os quedéis con nada dentro que os ahogue. Si no os entienden por lo menos que os escuchen. Si tenéis algo que decir y a la cara no podéis abrid el whatsApp y parrafada que te crió.

Porque en cuanto pongáis el primer granito en la montaña y no lo escupáis el problema va a ser mayor: os enfadaréis con vosotras mismas. Por lo que no dijiste, por lo que no callaste, por el whatsApp que no enviaste, por el que no recibiste, por el “en linea”, por el “leído”, por haber permitido algo, porque en plena discusión se os olvidó decir la frase perfecta. Porque él no sabe que vosotras estáis enfadadas.

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Siempre estaremos a tiempo. Y quizás alguna conversación nos salve el mes.

Sé de cosas que se cuentan

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