Sé de cosas que cuento

Corazones rotos.

Odio a los niños. Matizaré. No penséis que soy Herodes tampoco…Simplemente me dan miedo. No me veo capacitada para cuidar de mí misma, así que como para cuidar de algo tan frágil. Me inquietan. Me ponen más nerviosa que una declaración de intenciones, de verdad. Pero como todo en la vida, siempre hay una excepción. La que confirma la regla. Una de mis primas pequeñas. El ojito derecho de la familia y el mío, por supuesto. Y sí, es la típica niña con cara de no haber roto un plato en la vida y cuando sea mayor seguramente todas la odien. Porque será la hija perfecta, la novia perfecta, la madre perfecta, la trabajadora perfecta y un largo etcétera de perfección. O igual se me vuelve una rebelde sin causa con la edad del pavo, vayan ustedes a saber.

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Fue en Semana Santa esto que os vengo a contar hoy. Pero me dejó tan a cuadros que he tardado varios días en asimilarlo. Era domingo de resurrección para los católicos. Para mí de resaca a secas. Noches de desenfreno, mañanas de ibuprofeno. Que había que santificar fiestas, y que oye “nos tomamos una y para casa”…Noche de chicas, reunión alrededor de una mesa llena de gin tonics, veda abierta de patanes: “porque eso se ha terminado”, “porque es muy difícil”, “porque yo me quiero más”, “porque si no está de Dios no está de Dios”, “porque yo voy a dejar que la vida fluya”, “a mí hoy no me dejéis mandarle un whatsApp”, “porque ahora me enfado y no respiro”. Básicamente.

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Normalmente memoria es muy selectiva. Yo salgo y si pasa algo muy importante lo recuerdo. Sino lo deshecho. Que no hay suficiente espacio para todo. Mientras resucitaba fui a por el pan. Flashes de la noche anterior fueron sacudiéndome la cabeza mientras mi prima me hacía las clásicas preguntas de por qué, y yo la ignoraba. Pobre.
La panadera es la típica señora rechoncha que cada vez que ve a la pequeña de la familia no puede evitar apretarle los mofletes muy fuerte y decirle lo guapa que está, lo mucho que ha crecido, y que si ya le gusta algún niño del colegio. En fin. Nos dio el pan y le extendió a mi prima una piruleta con forma de corazón, de esas de la marca fiesta, que tienen un envoltorio horrible de quitar y saben a cereza. Mi prima, que está acostumbrada a ese obsequio de vez en cuando la volvió a dejar en el mostrador.
No me gustan los corazones rotos – sentenció como si tuviera noventa años y un largo sin fin de relaciones.
Voilá. “No me gustan los corazones rotos”. Y no se puso ni colorada. Supongo que su sentido de la frase poco o nada tenía que ver con el que yo le estaba dando. Pero aún así quise llegar a casa, sentarla en una silla, atarle las manos al respaldo y tener una conversación de mujer a mujer. Obviamente no lo hice, pero sí lo pensé.

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Le habría dicho muchas cosas. Que a veces nos rompen el corazón, y que otras veces somos nosotros los que lo rompemos. Que incluso nos lo autorompemos. Y que a nadie le gusta. Que cuanto más difícil nos lo pongan, más nos gustará. Que ya lo decía Benedetti, que somos fanáticos de lo prohibido. Que siempre vamos a tener un motivo para levantarnos y comernos el mundo. Para dejar que nos coma el mundo. Que a veces la vida va a ir a cámara muy lenta dándonos tiempo a memorizar cada momento. Que lo aproveche. Porque otras veces el tiempo vuela y lo perdemos. Que nunca perdemos del todo. Que a veces tenemos que dejar a las cosas ir. Que el abecedario es muy largo y en alguna letra encajaremos. Que ya lo decían en Sexo en Nueva York: “Se necesita la mitad del tiempo que estuviste con alguien para olvidarle”. Que a mí eso me suena a mentira. Que nos conocemos demasiado bien a nosotros mismos. Que nos mentimos frente al espejo. Que aunque huyamos los problemas y las lamentaciones siguen ahí. Que no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo aguante. Que nada es eterno y que tras el “fueron felices y comieron perdices” hay tres puntos suspensivos. Que lo de las limusinas pasa en Hollywood. Que cuide de las amigas que son las que siempre van a estar. Que a veces desayunamos aunque sin diamantes. Que no hay que pensar en el futuro que dejarse llevar suena demasiado bien. Que escoja bien a la piedra con la que tropezar, que los pactos se rompen y las casualidades existen. Que las segundas partes nunca fueron buenas, pero que no hay dos sin tres. Que no hay mejor animal que una mariposa en el estómago. Que se contradiga. Que las corazas, los escudos y los muros están muy bien, pero no sirven para nada. Y que nunca pronostique nada. Que no escupa para arriba, que todo cae.Que tenga siempre una tarrina de helado de chocolate en el congelador y una botella de ginebra. Que nunca se sabe cuándo se puede necesitar. Que después de cocido todo mengua. Y que hay que ilusionarse. Que siempre hay un roto para un descosido. Que ría. Que llore. Que haga terapia de choque. Que viva. Que bese ranas, sapos y príncipes. Que las cosas cambian y las personas también. Que se obsesione. Decía una amiga mía que la gente que no tiene obsesiones no es gente de fiar. Que le hagan temblar. Que se tome tiempo. Que corra. Que haga lo que le de la gana. Que deje que le rompan el corazón que alguien se lo curara. Y si no es alguien serán los días. “Que lo bueno de los corazones rotos es que solo se rompen una vez, el resto son rasguños”. Que la rasguñen y que rasguñe ella también. Que lo intente las veces que crea conveniente. Que le escriba, que le grite, que le susurre. Que quiera y que la quieran.

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Pero me callé. Y pensé que mejor que todo esto lo fuera aprendiendo poco a poco. ¿Quién soy yo para aconsejarla? Que la vida le sorprenda.

Fdo. Sé de cosas que se cuentan

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5 comentarios sobre “Corazones rotos.

  1. Guaaauuuu, maravilloso, tengo 64 años y la vida me sigue sorprendiendo con algo nuevo cada día. Un beso y me encantan tus escritos.

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