Sé de cosas que cuento

Amores de película

A mi también me programaron de pequeña. También me convencieron de que si un hombre se comportaba como un capullo, significaba que le gustaba. Y con los años la bola fue creciendo: “le gustas demasiado, eres mucho para él”, “seguro que ha perdido tu número, por eso no te llama”, “lo hace porque está saliendo de una relación seria”, “lo hace porque nunca ha tenido una relación seria”…Si todo esto era verdad, entonces ¿qué les pasaba a los hombres?

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Y en medio de toda esa parafernalia te conocí.

Deberías de haber llevado un cartel luminoso. Una señal de advertencia. Casanova del sigo XXI. Entraste en mi vida igual que el caballo de Troya, a hurtadillas. Poco a poco. Y yo me ilusioné, y creo que tú también. Es lo que tiene el amor y el resto de drogas…que conoces a cientos de personas y ninguna te deja huella. Y de repente conoces a una y te cambia la vida para siempre.
Pero yo vivía atrapada en el tiempo, en un constante carpe diem…no importaba lo que pasara mañana, o el resto de mi vida. En aquel momento era feliz.

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Un día supe que era oficial, estaba enamorada. Me encantaba tu sonrisa, tu cabello, tus rodillas, la marca de nacimiento con forma de corazón que tenías en el cuello, la forma en que a veces te mojabas los labios antes de hablar, tu sonrisa, cómo dormías, cómo al oír esa canción siempre pensaba en ti, me encantaba cómo me hacías sentir, como si todo fuera posible, como si la vida valiera la pena. Como si pudiéramos pasar más de quinientos días juntos.

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Estaba clásicamente enamorada; pero desayunaba todos los días con diamantes y vivía en mi propia jaula. La que yo misma había construido. Y tú…tú no parabas de decir que yo tenía miedo, que no podía enfrentarme conmigo misma y aceptar la realidad, aceptar que las personas pertenecen unas a otras porque es la única forma de conseguir la verdadera felicidad. Y entonces empezaste a garantizarme cosas. Me advertiste que habría épocas difíciles, que en algún momento uno de los dos o los dos querríamos dejarlo todo, que si no me pedías que me quedara te arrepentirías toda tu vida…

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Nos costaba ponernos de acuerdo ¿lo recuerdas? De hecho rara vez estábamos de acuerdo. Discutíamos todo el tiempo y nos desafiábamos todos los días. Pero a pesar de nuestras diferencias, teníamos algo en común: estábamos locos el uno por el otro. Y durante unas vacaciones entramos en un bucle: yo esperaba estar equivocada. Cuando hacías algo mal lo ignoraba, y cuando hacías algo bueno me conquistabas de nuevo, entonces yo perdía la discusión conmigo misma de que no me convenías. Y tú…pues tú elegías seguir conmigo por todas las cosas que había hecho bien y no dejarme por lo único que había hecho mal. Decidiste perdonarme.

Pero amar significaba no tener que decir nunca lo siento, en ninguna historia de amor. Entonces yo me disfracé de novia perfecta. Y me di a la fuga; pero sin vestido blanco y sin caballo.
Y me escribiste. Y me dijiste que no habías podido dormir pensando que habíamos terminado, pero que habías dejado de amargarte porque lo que tuvimos había sido real. Y cada día miré el buzón, y a mi también me faltaron otras 364 cartas.

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Adopté el modo de pensamiento de Serendepity: creía ciegamente en las casualidades, si estaba escrito que nos encontraríamos, entonces lo haríamos.
Eché de menos dar paseos para recordar, unas vacaciones en Roma, viajar a Casablanca, cruzar los puentes de Madison, y tener unas memorias de África. Vivir un noviembre dulce, subir a un trasatlántico y que el viento se lo llevara todo. Y sobre todo, querernos si nos atrevíamos.

Volví nueve semanas y media después. Podía vivir sin ti, pero no quería; o eso decían por ahí. Un día también dijeron que tú me hacías ser mejor persona, y que yo a cambio te hacia muy feliz. Me presenté en tu casa, con una cartulina que ponía “Para mi tú eres perfecto”, y un cassette con villancicos. Pero la proposición indecente, quedó en eso. En una proposición. Porque tú te casabas. Y a mi no me quedaba más remedio que acudir como invitada.

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Era un día azuloscurocasinegro. Y yo me sentía como en una celda, en la 211 por ejemplo. Tú no ibas a estar al otro lado de la cama, ni me ibas a decir por qué me querías en 65 palabras.
Mi móvil sonó. Mi mejor amigo hablaba al otro lado, criticando mi vestido, y diciendo que había hecho lo correcto. Te había dejado ir.
-De pronto una canción familiar… y…te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote, buscando, husmeando el aire como un ciervo moteado. ¿Acaso dios ha oído tu pequeña plegaria? ¿Volverá a bailar cenicienta? Y entonces…de repente…la multitud se aparta… y ahí está él, elegante, con estilo, radiante de carisma, curiosamente está al teléfono pero en fin… ¡tú también! Y él va hacia ti… con los andares de un gato salvaje, y aunque tú acertadamente sientes que es…¡gay! Como lo son la mayoría de solteros arrolladoramente guapos de su edad, piensas… ¡qué demonios! ¡La vida sigue! Quizá no habrá matrimonio, quizá no habrá sexo, pero por Dios… ¡seguro que habrá baile!

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Y hasta tuvimos un final de película.

Fdo. Sé de cosas que se cuentan

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2 comentarios sobre “Amores de película

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