Sé de cosas que cuento

El bar de siempre.

Y entré en el bar de siempre. Y todo era como nunca.

Y sonaba la misma música, pero no había la misma gente.

Iván cantaba que: “Aunque siga suspirando por algo que no era cierto me lo dicen en los bares, es algo que llevas dentro que no dejas que te quieran, sólo quieres que te abracen y publicas que no tuve ni valor para quedarme, yo rompí todas tus fotos tú no dejas de llamarme ¿Quién no tiene valor para marcharse?”

Cogí mi cerveza y les observé.

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Ella no se había quitado su abrigo masculino, él llevaba una sudadera ancha. Se miraban. Se retaban. Lo noté con solo verlos, se percibía en el ambiente. Él le dijo algo al oído, la carcajada de ella resonó en todo el lugar, y él dio un sorbo más a su cerveza. La conversación continuó.

Y era imposible conocer las intenciones de él, ni los pensamientos de ella. Y yo no sé si en sus cabezas otras personas rondaban, tampoco si a alguno de ellos le ofendería un doble check azul acompañado de la ausencia de una respuesta por WhatsApp. Tampoco sé si al día siguiente hablarían de la resaca, si ella pensaría en él al despertar, o si él la olvidaría aquella mañana fría de domingo. Pero siguieron hablando. Y yo no sé si se conocían de toda la vida, pero lo parecía.

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Y esa noche, yo llegué a pensar, que quizás, una nueva historia de amor había surgido en mi bar de siempre. 

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