Sé de cosas que cuento

Recuerdos de lluvia.

Veinte años eran muchos años. Cruzaron sus miradas en un parque, aquella fría mañana de enero. Las canas habían empezado a teñir el pelo oscuro de él, y contra las arrugas de ella no había antídoto posible.

Aun así, se reconocieron. Se observaron durante unos segundos. Ella disimuló leyendo a Becquer y él bajó la vista hacia su periódico deportivo.

Él sonrió. Nunca había olvidado a aquella niña que ya se había convertido en mujer. Ella se preguntó si se acercaría. Él recordó el día que la beso y ella posó sus pies sobre la gravilla y volvió a la realidad. ¿La habría reconocido? Él pasó la página del periódico y de su vida, y se preguntó si ella seguiría esperando una llamada. Jugueteó con un mechón de pelo y pensó si él recordaría su color favorito. Él dudó si saludarla o no, ella suplicaba por volver a escuchar aquellos labios pronunciar su nombre. Ella retomó su lectura y él retrocedió en una noticia. La noticia que no había tenido de ella. Él encendió un cigarro, y ella al escuchar el chasquido del mechero, recordó el amor-odio que sentía por el tabaco desde que lo probó con él. Él vio que la figura de ella ya no era la de hacía veinte años, ella notó la curva de la felicidad en el amor de su vida. Él se preguntó por qué ella no había luchado. Ella se arrepintió de lo mismo.

Ambos temieron no recordar las conversaciones en aquel mismo parque; los planes de futuro que jamás habían realizado. Ella había creído en los cuentos de hadas y él jamás creyó en el “fueron felices y comieron perdices”

Ella se preguntó si él sabría lo que había supuesto en su vida, su movimiento clave en su partida de ajedrez. Sí, él era consciente del movimiento que no había realizado y que les había hecho perder su batalla. Ella recordó las tardes de lágrimas y él las noches de borrachera para olvidarla.

Volvieron a cruzar sus miradas. A él le entró la duda de cómo habría sido su vida junto a ella, y a ella le interceptó el miedo que aquel muchacho años atrás le había provocado. Él colocó su periódico bajo el brazo, levantó su mirada y ella ya no estaba. Era tarde. Seguirían jugando a ser felices… Ya no era momento de llover sobre mojado. 

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